Foley: el arte de fabricar la realidad que tus oídos creen

¿Alguna vez te has parado a escuchar el cine? En un mundo audiovisual donde la imagen parece haberlo conquistado todo, existe un oficio invisible y puramente artesanal que se encarga de recordarnos que el mundo tiene texturas, peso y alma. Hablamos del Foley, el ingenio de recrear los sonidos de la vida para que la magia de la pantalla sea mucho más completa y cautivadora

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La artesanía de lo invisible

El sonido directo, el que se graba en el set de rodaje con los micrófonos de pértiga, suele centrarse exclusivamente en los diálogos. Todo lo demás, el roce de una mano sobre una mesa de madera, el tintineo de unas llaves o el crujido de una chaqueta de cuero al sentarse, suele perderse o sonar sucio debido al ruido ambiental. Aquí es donde entra el artista de Foley (o artista de efectos de sala).

A diferencia de los efectos especiales digitales que se sacan de una librería de ordenador, el Foley es una interpretación física. En un estudio lleno de trastos, suelos de diferentes materiales y cajas de arena, el artista de sala «actúa» el sonido. No se limita a golpear un objeto; tiene que caminar con la misma intención que el actor en pantalla, debe sentir el cansancio o el suspense en sus propios pasos. Es una coreografía auditiva que devuelve al espectador la conexión sensorial con lo que está viendo.

El secreto mejor guardado: La naturaleza que suena a estudio

Uno de los campos donde el Foley es más crítico, y a la vez más desconocido para el gran público, es el de los documentales de naturaleza. Cuando vemos una superproducción como los documentales del gran David Attenborough y escuchamos el sonido de un escarabajo pelotero empujando su carga por la arena, o las pisadas de un pájaro sobre las hojas secas, tendemos a pensar que el micrófono estaba allí mismo.

Nada más lejos de la realidad. Grabar sonidos tan minúsculos en entornos salvajes es técnicamente imposible. El viento, el equipo técnico o la distancia lo impiden. La «verdad» de la naturaleza que escuchamos en televisión se fabrica en estudios cerrados mediante la imaginación de artistas que utilizan objetos que nada tienen que ver con el reino animal:

  • La nieve que nunca se derrite: Para recrear el paso de un oso polar sobre la nieve virgen, se suelen utilizar bolsas de maicena o cuero relleno de almidón que se aprieta rítmicamente. El resultado es ese crujido seco y frío que nuestro cerebro identifica al instante como hielo.
  • El vuelo de las aves: El batir de las alas de un ave de gran tamaño se consigue a menudo agitando un par de guantes de cuero viejos o un paraguas que se abre y se cierra rápidamente.
  • Insectos y reptiles: Unas simples hojas de lechuga retorcidas o el movimiento de unos dedos sobre una superficie de mimbre se convierten, tras el micrófono, en el movimiento de un insecto o el reptar de una cobra.

Esta «falsedad» no busca engañar, sino transmitir la sensación de realidad. Sin el Foley, los documentales de naturaleza nos parecerían fríos, distantes y mudos. El sonido es el que nos mete dentro de la madriguera.

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Del anonimato al fenómeno viral: El ingenio en un recuadro

Durante décadas, los artistas de Foley fueron los grandes olvidados de los créditos, pero hoy el oficio vive una segunda juventud gracias a las redes sociales. Se han multiplicado las cuentas en TikTok o Instagram donde creadores con un talento asombroso nos muestran cómo doblan escenas icónicas de películas como Ratatouille o Shrek desde sus propias casas o estudios.

No vemos necesariamente a grandes orquestas o equipos complejos, sino a personas con un oído privilegiado usando objetos cotidianos que cobran un sentido total cuando se superponen a la imagen: un pincel deslizándose sobre un parche de tambor para imitar el sutil siseo de un huevo en la sartén, o un trozo de papel arrugado que se convierte en el fuego de una cocina. Ver ese recuadro de la película junto al ingenio del creador no rompe la magia sino que la multiplica. Nos fascina descubrir que nuestra mente acepta un simple truco casero como una verdad absoluta de Hollywood. Este fenómeno ha convertido el «descubrir el truco» en una nueva forma de entretenimiento educativo.

La atmósfera: El sonido como narrador silencioso

Más allá de la curiosidad técnica, el Foley es un constructor de atmósferas. Un buen diseño de efectos de sala puede cambiar por completo el tono de una escena sin que el espectador se dé cuenta. Imaginemos a un personaje caminando por un pasillo vacío. Si sus pasos suenan metálicos, rápidos y con mucho eco, sentiremos una sensación de urgencia o peligro industrial. Si, por el contrario, escuchamos el roce sutil de una suela de goma sobre una alfombra gruesa, la atmósfera se vuelve íntima, casi asfixiante o secreta.

El artista de Foley es, en realidad, un segundo actor que apoya la narrativa psicológica de la película. Esta capacidad para generar inmersión es lo que diferencia una producción mediocre de una obra maestra. Es el «peso» que dota de volumen a la imagen. Si el sonido es pobre, la imagen, por muy espectacular que sea en sus efectos visuales, se percibe como algo artificial.

El sonido como garantía de realismo

En definitiva, el Foley es el guardián de nuestra percepción. Es el puente que conecta el mundo visual con el mundo de los sentidos. A medida que el cine se adentra en territorios cada vez más virtuales, el trabajo de estos artesanos del sonido se vuelve más valioso que nunca.

Ellos son quienes aseguran que, aunque lo que veamos sea una galaxia lejana, una criatura inexistente o un ratón cocinando en una cocina de París, nuestro oído nos diga que es real. El Foley nos enseña que la magia del cine no reside solo en la vista, sino en esa capacidad tan humana de cerrar los ojos y, a través de un simple sonido, ser capaces de sentir el mundo entero.

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Este episodio de Grandes Documentales, disponible en RTVE Play, es el ejemplo perfecto de esta artesanía sonora. Al verlo, fíjate en los saltos de los monos entre las ramas o en el sutil crujir del bosque montañoso: son texturas creadas íntegramente en un estudio de Foley. Los artistas de sala han diseñado cada detalle para dotar de alma y profundidad a la imagen, logrando que nos sintamos dentro del hábitat de estos primates.

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