La manera en la que obtenemos la información de actualidad ha cambiado radicalmente. Gran parte de ella nos llega a través de plataformas como TikTok o Instagram y ya no esperamos a que un medio de comunicación nos cuente qué está pasando. Se tratan de dinámicas de consumo rápido y personalizado

El acceso, que aparentemente es limitado, se caracteriza porque no todo el mundo ve lo mismo. Los algoritmos que controlan la información que se consume no son iguales que un editor tradicional, sino que intentan obtener la mayor atención posible. Analizan nuestros gustos, intereses y la frecuencia con la que interactuamos con eso que más nos atrapa. Por ello, es una experiencia prácticamente personalizada, cada usuario recibe la información que le agrada.
Una noticia que es importante para algunos, no tiene protagonismo en la pantalla de otros muchos. No se trata de lo que se cuenta, sino de a quién le llega y cómo la reciben. Este fenómeno se denomina ‘burbuja informativa’ y fue popularizado por el autor y ejecutivo Eli Pariser en 2011, que publicó su libro ‘El filtro burbuja: Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos’. En este término, los usuarios tienen acceso únicamente a la información que coincide con sus opiniones e ideales, reforzando como consecuencia aquello que piensan y dando lugar a la polarización.
Impacto de la burbuja informativa
Uno de los factores que más contribuyen al aumento de esta dinámica es el círculo social, ya que las personas suelen rodearse de gente que comparte las mismas ideas. Y la interacción con aquellos que las tienen contrarias disminuye. Los ‘me gusta’ y los comentarios son las herramientas más eficaces para conocer los intereses y así aumentar su exposición. El algoritmo muestra una publicación similar y se comienza a generar el bucle en el que la información cuelga del mismo hilo.
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El principal impacto que provoca esta burbuja de filtros es la dificultad de tener un pensamiento crítico, de manera progresiva, así como aceptar o tolerar opiniones contrarias. Pariser expuso en una charla cómo Facebook y Google comenzaron a personalizar el muro de noticias de los suscriptores para tener un universo personal informativo. El problema con todo esto es que tú, como individuo, no decides qué información entra, y tampoco ves lo que se edita y queda fuera de la ecuación.
Actualmente el reto del periodismo no es solo contar lo que está sucediendo de forma rigurosa, sino que también debe conseguir que rompa esas fronteras invisibles para llegar a un público diferente y que sea comprendido, aún cuando el receptor no tenga los mismos pensamientos. Y en este contexto, la verificación de los datos ya no es suficiente dependiendo del ambiente en el que se mueve.
Un público claramente fragmentado
Hasta hace poco, el mundo de la comunicación se dirigía a una audiencia homogénea, sin embargo, hoy en día lo hace hacia un público fragmentado. Aparte de las diferencias ideológicas y demográficas, existe un acceso a la información dispar y poco compartido. Por esta razón, informar es una tarea más complicada, ya que no solo se encargan de seleccionar y explicar los hechos, sino que deben tener en cuenta que no interpretarán esa información de la misma manera.
El periodista tiene que comunicar sin dar nada por supuesto, es decir, sin simplificarlo al máximo y explicando lo más esencial aunque parezca excesivo. El uso de las redes sociales también ha provocado un cambio técnico y narrativo, pues deben adaptar la información a los diferentes canales sin que se altere el contenido. En definitiva, el papel del redactor es participar en las conversaciones que se transmiten, conectar con los espacios en los que se desenvuelven y estructurar un terreno en el que los sucesos objetivos se reconozcan fácilmente.
En definitiva, los algoritmos y esta fragmentación del público no es algo transitorio, sino el marco actual en el que se desarrolla la información. Este ejercicio obliga a mantener la transparencia y reforzar el contexto para mantener la confianza.

