El cine coreano utiliza narrativas que no se explican ni piden permiso
La industria del cine coreano adquirió identidad en los años 40 después de la ocupación japonesa. En este contexto apareció la necesidad de contar historias y se convirtió en una forma de expresión. Por ello, se suele decir que nació desde la verdad, ya que estuvo mucho tiempo limitado y censurado
Iratxe Cuadrado
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La cinematografía corana, incluso en los momentos más limitados, funcionó como reflejo de una sociedad rota. Sirvió como enfoque de un cine orientado a la desigualdad, la tensión entre el sistema y los individuos y que estaba preocupado por la memoria. Vivió durante décadas al margen de la industria internacional, hasta finales de los 90, principios de los años 2000, en la que la nueva Ola Coreana (o hallyuwood), se impuso. Sus directores no apostaban por la ‘occidentalización’ de sus narrativas, sino que creían en historias incómodas, poco convencionales y que representaban a su propia cultura.
¿Necesita el cine internacional parecerse a Hollywood?
Desde el éxito en los Oscar de ‘Parásitos‘ (Bong Joon-ho, 2019), Corea del Sur se ha transformado en un referente cultural que cada día recibe más aficionados. La calidad de las producciones y su narrativa son claves para el éxito del cine coreano. Durante muchos años, el triunfo de los proyectos audiovisuales internacionales han seguido un patrón hollywoodiense: una ficción clara, estructuras previsibles y un lenguaje audiovisual conocido. Por eso, la irrupción de la cinematografía coreana ha destacado en la industria y pone en cuestión esta lógica.
El conflicto social, la ambigüedad y la incomodidad narrativa caracterizan los filmes coreanos demostrando que la creatividad y la victoria parten de la honestidad, y no tanto de la simplificación del discurso. Su afirmación de identidad ha sido la clave por la que se produce el auge de la visibilidad de el cine oriental, ya que no traducen su relato para el público extranjero, sino que se enfocas en distintas realidades.
Precisamente, por ofrecer una mirada distinta han recibido galardones y reconocimiento en muchos festivales internacionales. Son películas que se niegan a tener un final cerrado, una consciencia clara entre el mal y el bien, y en las que sus personajes no son moralmente modélicos. El papel de Hollywood en estas producciones es clave, ya que no ha servido de influencia, sino que ha provocado más bien un sentido de ‘rivalidad’ que busca la distinción.
Narrativas que escapan del modelo convencional
La denuncia social es uno de los rasgos más destacados en el cine coreano. La narración se desarrolla en torno a un centro que, mayoritariamente, está compuesto por conflictos colectivos. La violencia del pasado, la corrupción y las desigualdades estructurales son condicionantes importantes en el progreso de los personajes. Por lo tanto, es una herramienta crítica de la sociedad coreana.
En el cine convencional los problemas se solucionan con una estructura clara y coherente, al contrario que en la industria coreana, que rechazan las narrativas que acaban satisfaciendo a la audiencia. En este caso, los finales abiertos y los finales incompletos son comúnmente utilizados. En ‘Memorias de un asesino‘ (2004), Bong Joon-ho elige un desenlace sin resolución, donde la falta de justicia funciona como un recurso intencionado para retratar una realidad incómoda y perturbadora.
Además, no hay una figura relevante de ‘héroe’, sus personajes tienen tintes grises y ayudan a reforzar el enfoque crítico de la historia. De ese modo, la violencia no es un elemento más destacado, sino que es una consecuencia inevitable y obliga al público a confrontar la crueldad de los sucesos. El cine coreano no busca satisfacer al espectador, utiliza la narrativa como instrumento de reflexión social.
El sello del cine coreano
Existe una seña de identidad curiosa en el cine coreano, que implica difuminar las líneas que separan los distintos estilos y géneros cinematográficos. Hay un transcurso natural entre el suspense, la comedia o el drama que desemboca en un relato impredecible. Podemos verlo en películas como la ya mencionada ‘Parásitos’, en la que la comedia negra se funde con la tensión que es consecuente de una tragedia familiar, o en ‘La doncella‘ (Park Chan-wook, 2016), que mezcla el erotismo y el thriller psicológico para reflejar la complejidad de los conflictos sociales.
La violencia y el erotismo no se tratan con sensacionalismo, sino que tienen una función simbólica; en ‘La doncella’, es una herramienta para distribuir el poder entre sus personajes, mientras que en ‘Parásitos’ y ‘Memorias de un asesino’, la violencia destaca la desestabilidad en la estructura social.
Como ya se ha comentado, no existe una moralidad reluciente en sus protagonistas, por lo que no hay figuras heroicas o antagonistas marcados, como en ‘Memorias de un asesino’, en la que los agentes de policía no representan a los cuerpos de seguridad modélicos del cine convencional. Lo mismo ocurre con ‘Remember‘ (2022), del director Lee Il-huyng, que enfrenta a la audiencia a conflictos éticos incómodos.
La puesta en escena es clave para que el ritmo sea aceptado por la audiencia por encima del placer. Los silencios, la banda sonora y la fotografía del cine coreano pasan a un primer plano, casi se convierten en un protagonista más. El conjunto entre la ambigüedad, la incomodidad y la falta de resoluciones morales sencillas refuerzan un espacio de reflexión. Aspiran a un impacto que no se agota al finalizar la película, sino que perdura de forma persistente en la memoria del espectador. De este modo, el cine coreano no busca parecerse a Hollywood, sino convertir la relación con el espectador en recurso de la crítica social en la actualidad.