Subestimar la ópera y el ballet es más fácil que entenderlos

La ópera y el ballet nunca han dejado de importar. No hacen falta esfuerzos imposibles para «mantenerlas vivas», su valor y su relevancia se demuestran cada vez que abre el telón.

Imagen cedida por Ryan Borges Machado, miembro y profesor del coro de RTVE

Un comentario desafortunado

Como supongo que ya habréis visto, el pasado 21 de febrero las declaraciones polémicas de Timothée Chalamet sobre la ópera y el ballet hicieron llover titulares: “Yo quiero que el cine sobreviva. No quiero trabajar en la ópera o en el ballet, disciplinas de las que todos dicen ‘hay que mantenerlas vivas’, a pesar de que ya no le interesan a nadie”.

Seguramente sus palabras nos han provocado fruncir el ceño a más de unos cuantos. Puedo entender que alguien prefiera trabajar en cine, pero decir que el futuro de estas disciplinas está colgando de un hilo no puede alejarse más de la realidad.

Vivimos en un mundo donde lo digital y lo inmediato prima sobre la reflexión y la experiencia, y es normal que el interés se vea concentrado en formatos rápidos. Pero eso no hace que la ópera y el ballet dejen de importar. Basta con investigar un poco para ver que estas artes no están sobreviviendo a duras penas, sino que siguen funcionando, generando empleo y, sobre todo, siguen importando a quienes les dan vida y a quienes las viven desde el patio de butacas.


Un trabajo de muchos

Por lo menos, Chalamet pidió respeto para los trabajadores de la ópera y el ballet. Y precisamente en ellos está la clave, en las personas que hacen posible que todo ocurra cuando se abre el telón.

Porque si algo demuestra que estas disciplinas están lejos de ser un vestigio es la cantidad y diversidad de profesionales que las sostienen cada día. No hablamos solo de talento artístico, sino de un engranaje complejo donde cada pieza es imprescindible. Cantantes, músicos y bailarines comparten responsabilidad con técnicos de luces y sonido, escenógrafos, utileros, vestuaristas, maquilladores, sastres, tramoyistas, regidores y personal de sala.

Todo tiene que encajar con una precisión milimétrica, en tiempo real y sin margen de error. Hacen falta muchas horas de ensayo y una coordinación constante, a las que se añade la presión (y la magia) de que todo ocurre en directo.


La Orquesta y Coro de RTVE

La Orquesta y Coro de RTVE es un ejemplo claro de esta dedicación. Con décadas de trayectoria, combinan conciertos, grabaciones y proyectos audiovisuales, llevando la música más allá del teatro y acercándola a otros formatos y públicos.

En ese contexto, la reflexión de Ryan Borges, miembro del coro, es bastante clara: “Esto tiene que estar vivo porque es mi trabajo, y es vida. La música es vida, y la gente no vive sin música”. Más allá de debates o percepciones, la música y el arte en general son inherentes a la condición humana. Están ahí porque forma parte de cómo nos expresamos, de cómo entendemos el mundo y de cómo nos relacionamos con los demás.


El valor insustituible de la ópera y el ballet

Quizá el problema es intentar medir estas disciplinas, estas artes, con las mismas reglas que otros formatos. No todo lo que no es masivo es irrelevante, ni todo lo que no aporta un resultado material e inmediato es prescindible.

La ópera y el ballet no encajan del todo bien en esta lógica actual de consumo rápido, y precisamente por eso siguen teniendo sentido. Te obligan a parar, a mirar, a escuchar. A dedicar atención en un momento donde la mayor parte del contenido se consume y se olvida en cuestión de segundos.

Reducirlas a algo que “hay que mantener vivo” es simplificar demasiado. Porque lo que realmente ocurre es más complejo: hay gente trabajando, creando y afinando cada detalle para que algo funcione delante de otros, en un proceso donde la cultura se preserva mientras sigue generando nuevas historias. En un contexto donde casi todo es reproducible y editable, eso tiene un valor muy difícil de sustituir. Al final, entender la ópera y el ballet exige algo más de tiempo. Subestimarlos, en cambio, es bastante más fácil.

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